Verso libre
y no tan libre.

Con-jugarnos.

Ya no quedan aviones que te acerquen aquí

los escondiste todos debajo de la alfombra

porque te asustaba comprarte un billete de ida

y no querer volverte.

Y mi cuaderno esta harto de recibir palabras

que repitan una y otra vez

que te echo tanto de menos

que me duele.

SI hubiese dependido sólo de mi,

todavía no hubiésemos salido de esa maldita cama

aquella noche en aquella habitación infranqueable

en la que dejaste tus miedos aparcados en la puerta

cuando colgaste del pomo el cartel de “No molestar”.

Y quizá fue mi culpa

por obligarme inconscientemente a quererte

o quizá fue la tuya

por intentar quererme aunque te doliera.

La esencia de la historia es 

que queremos querernos

pero parece que jugamos

con tiempos verbales distintos

porque mientras tú todavía piensas en pretérito imperfecto

yo estoy conjugando varios tiempos de futuro,

a la vez que ambos hemos silenciado el presente.

El capítulo con el que no quería acabar la historia se ha convertido en el punto final, y sin beso romántico para cerrar la última escena.

Ya he perdido la cuenta

de cuántos actos llevamos

porque me cansé de escribirlos

al ver que tú no pasabas las páginas.

Y ahora es cuando

vuelves a aparecer en escena

y me miras con tus ojos cerrados

mientras recitas esos versos

que mil veces he puesto en tus labios.

Que sepas que sólo escribo esto

para hacer algo de tiempo,

porque quedan diez minutos 

para que cierren las puertas del teatro

y tú todavía no has aparecido

ni he visto tu coche aparcado en la entrada.

Ya se están apagando las luces de la sala

y el último espectador recorre el largo pasillo

hacia la puerta de salida.

Acabo de decirle al acomodador

que por favor se marche,

porque dentro de cinco minutos

seguiré sola en la sala

y no quiero que nadie me vea

apagar la luz del escenario.

1848.

Ya conozco las palabras de cortesía

a las que mis oídos están acostumbrados.

Porque no son más

que la antesala por la que caminas

sigiloso y de puntillas

antes de abrir las puertas

del gran salón de baile

donde tú estás sentado en el escenario

y yo en la fila más alejada

de todo el patio de butacas.

Y mientras espero que me saques a bailar

tú te levantas rápidamente

para recoger tus zapatos

e intentar salir airoso 

escapando entre bambalinas.

Y yo mientras tanto

permanezco sentada en la última fila

esperando cada vez con más nostalgia,

a que vuelvas a subir al escenario

a hacer un último bis.

Cuando abriste la puerta, estaba todo en silencio. Todo parecía igual pero tenías una sensación extraña, pero familiar. Las cosas seguían en su sitio, la cama deshecha, el pijama debajo de la almohada y el libro en la mesilla. Ese libro. Aún sigue haciéndote estremecer sin ni siquiera leer sus páginas. Realmente, el libro era lo de menos. Su importancia residía en el remite del sobre en el que venía envuelto. 

Te sentaste enfrente del ordenador dispuesta a escribir otra historia. Otra historia de amor que volvió a acabar contigo. Luchar siempre se te dio bien, y siempre luchaste por todo aquello en lo que creías, pero cada vez eres más débil, porque cada historia que termina con un “adiós” y no con el siempre esperado “hasta mañana”, acaba haciéndote una muesca, y la última ha terminado rompiéndote del todo.

Permitir que otros sobreescriban tus historias se ha convertido en algo perjudicial. Los trozos de papel que dejabas encima de la mesilla de noche con cavilaciones de madrugada han sido unidos de la forma más inexacta para crear un final que nunca quisiste. Ese manojo de sentimientos que quedaron encerrados por miedo a respuestas dañinas sólo piensan en volver a escaparse en un vuelo de clase turista. Y tú, que querías aprender a desnudarle con tus palabras desde la distancia, ahora tienes que lidiar con la incertidumbre de qué te esperará cuando llegues a casa, quizá la historia se ha descompuesto para siempre, o quizá al abrir la puerta , le encuentres sentado en el suelo, leyendo atentamente todo lo que escribiste, intentando recomponer los trozos con una sonrisa muda en los labios.

Y a riesgo de echar por tierra uno de los mayores tópicos de la escritura romántica, he de admitir que contigo he dejado de querer que se detenga el tiempo y se pare el mundo. La explicación es bastante sencilla, quiero continuar, avanzar, crecer contigo.

Si no pasan los días no tendremos mañanas para despertarnos, y desde que despertarme contigo ha sido etiquetado como un placer de la vida, me horroriza que el tiempo se pare y no pueda volver a hacerlo. 

Si detenemos el tiempo no podremos volver a embarcar en aviones de madrugada, ni volver a tachar días en el calendario, ni enviarnos las cartas que todavía no hemos escrito.

Por eso quiero que las agujas del reloj sigan girando a la velocidad estipulada  aunque de vez en cuando nos apetezca acelerarlas porque necesitamos comernos a besos.

Silence took me fierce and blindly and shadows became one 
I found the floor with the broken boards and the grits for the mill gone. 
So tell me lady whatcha say that we liberate some love? 
I’ve got it on for you and nothing to lose or left to prove this world.

Y mientras tú apuras las últimas caladas de tu cigarro, yo salgo de la ducha envuelta en una toalla. Te miro y sonríes. Esa sonrisa típica tuya en la que no muestras los dientes y entornas los ojos hasta el punto en el que olvido de qué color son, porque me centro en mirar tus labios fijamente. Y me besas, sin apagar la sonrisa. Me haces sonreir, y convertimos el instante en una conjunción de labios que en un torpe intento de besar sin dejar de sonreír, han inventado una nueva forma de hablarse sin decir nada. 

Podríamos atribuirlo a la tormenta perfecta, pero también lo podemos llamar excusa porque acabamos en el lugar en el que queríamos empezar. Y no somos más que una historia como la que cualquiera puede contar, aunque con libros bonitos y cartas escritas con tipografías odiosas, pero al fin y al cabo sólo es una historia de despertares de madrugada y de callar la lluvia cerrando las ventanas.

No digo que no me guste, más bien todo lo contrario. He aprendido que podemos enamorarnos de los momentos que vivimos, aunque sean tan simples como nosotros recitando la misma frase al unísono. 

Y tú dijiste que se te daban mal las despedidas, pero yo me conformaba con un simple “hasta luego” que llevase implícito una nueva fecha marcada en la siguiente hoja del calendario.